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«Me considero un revolucionario que se divierte pintando en los tiempos en los que no hay revolución». El que así habla es Jesús Marchante, pintor y escritor autodidacta, (Alcázar de San Juan, 1954), para quien, desde que comenzase a dibujar hace 40 años, el arte y la política han ido siempre de la mano. «Mi trabajo está contaminado por esa parte de activista que soy», explica, «pero no en el sentido literal de que transcribo mi activismo a mis cuadros, porque no es así, ni en mi caso ni en el de nadie. Salvo en los pintores del poder, claro. Mi trabajo tiene una continuidad con lo que vivo y lo que hago, no podría ser de otra manera, si no, viviría en una especie de esquizofrenia».

Miembro crítico de Podemos, dentro del círculo de Lavapiés, redactor de la segunda ponencia más votada en las elecciones al Consejo Ciudadano -sólo superada por la de Pablo Iglesias-, y portavoz de la Plataforma en Defensa de la Cultura, acaba de inaugurar una nueva exposición individual en la céntrica galería Ra del Rey (calle Reina, 11). Han pasado casi 25 años de su espectacular retrospectiva Pinturas comunistas (algunas de cuyas obras pueden volver a verse ahora, como el inquietante Marx regresa de la isla de los muertos) y el discurso, aunque más destilado, no ha perdido ni fuerza ni actualidad. «Aquello fue en 1991 y el título estaba un poco forzado», comenta, «aunque había cuadros que aludían de manera muy clara al marxismo, como Lejos de la subsunción real, el concepto que se utiliza en El Capital. Estéticamente, aquellos cuadros estaban dentro de un discurso más poético, los colores, por ejemplo, no tienen nada que ver con estos. Ahora hay una depuración y una conjunción más clara entre política y arte. En la serie dedicada a la estación de las Delicias hay sólo dos tintas, el negro y un azul, mientras que en aquella otra exposición hay una explosión de color. Ahora todo está virado casi hacia el negro, o hacia un color concreto, como el azul, con el que trabajo mucho. De alguna manera, un análisis político más pormenorizado y que se ha reafirmado con la práctica de estos últimos años ha influido para llegar a esta síntesis desde el punto de vista plástico. En la situación en la que nos encontramos no podemos jugar a engañar a nadie, sobre todo en el terreno económico. Hay que ser muy claros».

Dos series, una dedicada a la madrileña estación de las Delicias (la Dama negra, como él la llama y cuya contemplación le recuerda, dice, a Negro sobre blanco de Malévich) y otra al claustro del Mont Saint-Michel representan la importancia que tiene la arquitectura en su obra. «La arquitectura en mi trabajo está presente desde el principio, porque yo trabajo siempre sobre la ciudad. La figura humana, en mi caso viene desplazada por la construcción. Sobre el claustro del Mont Saint-Michel, decido trabajar después de ver la última película de Terrence Malick. Me fascina el momento en el que la pareja protagonista sube los escalones y penetra en los dominios del claustro, una construcción que deja penetrar la luz por las escasas ventanas que dan al exterior, desde donde se confunde el cielo con la línea del agua. Eso produce una serie de luces, que dan sentido al título de mi exposición. En realidad, todos los cuadros dan sentido a eso a eso que he denominado La luz que queda y que no es sino un intento por fijar el instante en el que la arquitectura, el mundo y la vida suceden. Y porque el tiempo», concluye «es el silencio de la representación y el color que hay en estos cuadros dibuja la musicalidad de la poesía».

Por eso, José María Sánchez-Verdú ha compuesto una pieza expresamente para una de las series de la exposición. La música abstracta del prestigioso compositor actúa como complemento «perfecto de mi trabajo», aclara Jesús Marchante, porque «la abstracción puede ser algo que todavía es visible pero que ya no representa nada, que en realidad se ha situado fuera del mundo de la representación. Como pintor figurativo que soy, creo que estoy en un momento en el que camino de una manera completamente alocada hacia una abstracción, que no será la de Malévich o no será la de Rothko o la de tantos autores que acaban pintando cuadros monocromos o incluso sin ningún color, pero que están de alguna manera vaciados de cualquier representación».

Pero la exposición de Jesús Marchante es también la expresión de una resistencia contra lo postmoderno y el triunfo del individualismo frente «al bien común» y la posibilidad de un sujeto colectivo que empezó a gestarse en las acampadas de Sol el 15-M de 2011 y que no debe agotarse, reivindica, en Podemos.